¿Quién dirigió la insurrección de febrero?, de la Historia de la Revolución Rusa.
Finalmente, uno de los lÃderes del ala izquierda de los socialrevolucionarios, Mstislavski, que se pasó posteriormente a los bolcheviques, dice, hablando de la revolución de Febrero: “A los miembros del partido de aquel entonces la revolución nos sorprendió como a las vÃrgenes del Evangelio: durmiendo.” No importa gran cosa saber hasta qué punto se les podÃa comparar en justicia con las vÃrgenes; pero que estaban durmiendo todos es indiscutible.
¿Cuál fue la actitud de los bolcheviques? En parte, ya lo sabemos. Los principales dirigentes de la organización bolchevista clandestina que actuaba a la sazón en Petrogrado eran tres: los ex-obreros Schliapnikov y Zalutski, y el ex-estudiante Mólotov. Schliapnikov, que habÃa vivido durante bastante tiempo en el extranjero y que estaba en estrecha relación con Lenin, era, desde el punto de vista polÃtico, el más activo de los tres militantes que constituÃan la oficina del Comité central. Sin embargo, las Memorias del propio Schliapnikov confirman mejor que nada que el peso de los acontecimientos era desproporcionado con lo que podÃan soportar los hombros de este trÃo. Hasta el último momento, los dirigentes entendÃan que se trataba de una de tantas manifestaciones revolucionarias, pero en modo alguno de un alzamiento armado. Kajurov, uno de los directores de la barriada de Viborg, a quien ya conocemos, afirma categóricamente: “No habÃa instrucción alguna de los organismos centrales del partido… El Comité de Petrogrado habÃa sido detenido y el camarada Schliapnikov, representante del Comité Central, era impotente para dar instrucciones para el dÃa siguiente.”
La debilidad de las organizaciones clandestinas era un resultado directo de las represiones policÃacas, las cuales habÃan dado al gobierno resultados verdaderamente excepcionales en la situación creada por el estado de espÃritu patriótico reinante al empezar la guerra. Toda organización, sin excluir las revolucionarias, tiende al retraso con respecto a su base social. A principios de 1917, las organizaciones clandestinas no se habÃan rehecho aún del estado de abatimiento y de disgregación, mientras que en las masas el contagio patriótico habÃa sido ya suplantado radicalmente por la indignación revolucionaria.
Para formarse una idea más clara de la verdadera situación, por lo que a la dirección revolucionaria se refiere, es necesario recordar que los revolucionarios más prestigiosos, jefes de los partidos de izquierda, se hallaban en la emigración, en las cárceles y en el destierro. Cuanto más peligroso era un partido para el viejo régimen, más cruelmente se hallaba decapitado al estallar la revolución. Los populistas tenÃan una fracción en la Duma, capitaneada por el radical sin partido Kerenski. El lÃder oficial de los socialistas revolucionarios, Chernov, se hallaba en la emigración. Los mencheviques disponÃan en la Duma de una fracción de partido capitaneado por Cheidse y Skobelev al frente. Mártov estaba emigrado, Dan y Tseretelli se hallaban en el destierro. Alrededor de las fracciones de izquierda populista y menchevista se agrupaba un número considerable de intelectuales socialistas con un pasado revolucionario. Esto creaba una apariencia de estado mayor polÃtico, pero de un carácter tal que sólo podÃa revelarse después del triunfo. Los bolcheviques no tenÃan en la Duma fracción alguna: los cinco diputados obreros, en los cuales el gobierno del zar habÃa visto el centro organizador de la revolución, fueron detenidos en los primeros meses de la guerra. Lenin se hallaba en la emigración con Zinóviev, y Kámenev estaba en el destierro, lo mismo que otros dirigentes prácticos, poco conocidos en aquel entonces: Sverlov, Rikov, Stalin. El socialdemócrata polaco Dzerchinski, que no se habÃa afiliado aún a los bolcheviques, estaba en presidio. Los dirigentes accidentales, precisamente porque estaban habituados a obrar como elementos subalternos bajo la autoridad inapelable de la dirección, no se consideraban a sà mismos ni consideraban a los demás capaces de desempeñar una misión directiva en los acontecimientos revolucionarios.
Si el partido bolchevique no podÃa garantizar a los revolucionarios una dirección prestigiosa, de las demás organizaciones polÃticas no habÃa ni que hablar. Esto contribuÃa a reforzar la creencia tan extendida de que la revolución de Febrero habÃa tenido un carácter espontáneo. Sin embargo, esta creencia es profundamente errónea o, en el mejor de los casos, inconsistente.
La lucha en la capital duró no una hora ni dos, sino cinco dÃas. Los dirigentes intentaban contenerla. Las masas contestaban intensificando el ataque y siguieron adelante. TenÃan enfrente al viejo Estado, detrás de cuya fachada tradicional se suponÃa que acechaba aún una fuerza poderosa; la burguesÃa liberal, con la Duma del Estado, con las asociaciones de zemstvos y las Dumas municipales, con las organizaciones industriales de guerra, las academias, las Universidades, la prensa; finalmente, dos partidos socialistas fuertes que oponÃan una resistencia patriótica a la presión de abajo. La insurrección tenÃa en el partido de los bolcheviques a la asociación más afÃn, pero decapitada, con cuadros dispersos y grupos débiles y fuera de la ley. Y a pesar de todo, la revolución, que nadie esperaba en aquellos dÃas, salió adelante, y cuando en las esferas dirigentes se creÃa que el movimiento se estaba ya apagando, éste, con una poderosa convulsión, arrancó el triunfo.
¿De dónde procedÃa esta fuerza de resistencia y ataque sin ejemplo? El encarnizamiento de la lucha no basta para explicarla. Los obreros petersburgueses, por muy aplastados que se hubieran visto durante la guerra por la masa humana gris, tenÃan una gran experiencia revolucionaria. En su resistencia y en la fuerza de su ataque, cuando en las alturas faltaba la dirección y se oponÃa una resistencia, habÃa un cálculo de fuerzas y un propósito estratégico no siempre manifestado, pero fundado en las necesidades vitales.
En vÃsperas de la guerra el sector obrero revolucionario siguió a los bolcheviques y arrastró consigo a las masas. Al empezar la guerra la situación cambió radicalmente; los sectores conservadores levantaron cabeza, llevando consigo a una parte considerable de la clase. Los elementos revolucionarios viéronse aislados y enmudecieron. En el curso de la guerra la situación empezó a modificarse, al principio lentamente, y después de la guerra de un modo cada vez más veloz y más radical. Un descontento activo iba apoderándose de toda la clase obrera. Es cierto que en una parte considerable de la masa trabajadora este descontento tomaba un matiz patriótico; pero este patriotismo no tenÃa que ver nada con el patriotismo interesado y cobarde de las clases poderosas, que aplazaban todas las cuestiones interiores hasta el triunfo. Fue precisamente la guerra, las vÃctimas que causó, sus errores y su ignorancia, lo que puso frente a frente no sólo a los viejos sectores obreros, sino también a los nuevos y al régimen zarista, provocando un choque agudo que llevó a la conclusión: ¡No se puede seguir soportando esto! La conclusión fue general, unió a las masas en un bloque único y les infundió una poderosa fuerza de ataque.
El ejército habÃa visto aumentar sus efectivos enormemente, incorporando a sus filas a millones de obreros y campesinos. No habÃa nadie que no tuviera a alguien de su familia en el ejército: a un hijo, al marido, al hermano, al cuñado. El ejército no se hallaba separado del pueblo, como antes de la guerra. La gente se veÃa con los soldados con una frecuencia incomparablemente mayor, los acompañaba al frente, vivÃa con ellos cuando llegaban con permiso, conversaba con ellos sobre el frente en las calles y en los tranvÃas, les visitaba en los hospitales. Los barrios obreros, el cuartel, el frente, y en un grado considerable la aldea, se convirtieron en una especie de vasos comunicantes. Los obreros sabÃan lo que sentÃa y pensaba el soldado. Entre ellos se entablan conversaciones interminables acerca de la guerra, de los que negociaban con ella, acerca de los generales y del gobierno, acerca del zar y la zarina. El soldado decÃa, hablando de la guerra: “¡Maldita sea!”, y el obrero contestaba: “¡Malditos sean!”, aludiendo al gobierno. El soldado decÃa: “¿Por qué os calláis, los de dentro?” El obrero contestaba: “Con las manos vacÃas no se puede hacer nada. En 1905 el ejército nos hizo ya fracasar…” El soldado reflexionaba: “¡Ah! ¡Si nos levantáramos todos de una vez!” El obrero: “Eso precisamente es lo que hay que hacer.” Antes de la guerra las conversaciones de este género eran contadas y tenÃan siempre un carácter de conspiración. Ahora se sostenÃan por dondequiera, por cualquier motivo y casi abiertamente, por lo menos, en los barrios obreros.
La Ocrana zarista tendÃa a veces sus tentáculos con gran acierto. Dos semanas antes de la revolución, un policÃa de Petrogrado, que firmaba con el sobrenombre de Krestianinov, comunicaba la conversación que habÃa oÃdo en un tranvÃa que pasaba por un suburbio obrero. Un soldado cuenta que ocho hombres de su regimiento han sido mandados a presidio porque el otoño pasado se habÃan negado a disparar contra los obreros de la fábrica Nobel, volviendo sus fusiles contra los gendarmes. La conversación se sostiene sin recato alguno, pues en los barrios obreros los policÃas prefieren pasar inadvertidos. “Ya les ajustaremos las cuentas”, concluye el soldado. El confidente sigue informando: Un obrero le dice: “Para eso hay que organizarse y conseguir que todo el mundo obre como un solo hombre.” El soldado contesta: “No os preocupéis de eso; ya hace tiempo que estamos organizados… y va siendo hora de que no nos dejemos chupar más la sangre. Los soldados sufren en las trincheras mientras ellos aquà engordan…” No se ha producido ningún suceso digno de mención. diez de febrero de 1917, Krestianinov.” ¡Documento incomparable! “No se ha producido ningún suceso digno de mención.” Se producirán, y muy pronto; esta conversación sostenida en el tranvÃa señala su inevitable proximidad.
Mstislavski ilustra con un ejemplo curioso el carácter espontáneo de la insurrección. Cuando la “Asociación de oficiales del 27 de febrero”, surgida inmediatamente después de la revolución, intentó dejar establecido por medio de una encuesta quién habÃa sido el primero en sacar el regimiento de Volinski a la calle, se reunieron siete declaraciones relativas a siete incitadores de esta acción decisiva. Es muy probable, añadimos por nuestra cuenta, que parte de la iniciativa perteneciera efectivamente a algunos soldados; pudo además suceder que el iniciador principal cayera durante los combates en la calle, llevándose su nombre a lo desconocido. Pero esto no disminuye el valor histórico de su iniciativa anónima.
Más importante es todavÃa otro aspecto de la cuestión, que nos lleva ya fuera de los muros del cuartel. La sublevación de los batallones de la Guardia, que fue una sorpresa para los elementos liberales y socialistas que actuaban dentro de la ley, no fue inesperada, ni mucho menos, para los obreros. Y sin esta sublevación no habrÃa salido a la calle el regimiento de Volinski. La colisión producida en la calle entre los obreros y los cosacos, que el abogado observaba desde su ventana y de la cual dio cuenta por teléfono a un diputado, se les antojaba a ambos un episodio de un proceso impersonal: la masa gris de la fábrica habÃa chocado con la masa gris del cuartel. Pero no era asà como veÃa las cosas el cosaco que se habÃa atrevido a guiñar el ojo de un modo significativo. El proceso de intercambio molecular entre el ejército y el pueblo se efectuaba sin interrupción. Los obreros observaban la temperatura del ejército y se dieron cuenta inmediatamente de que se acercaba el momento crÃtico. Esto fue lo que dio una fuerza tan invencible a la ofensiva de las masas, seguras de su triunfo.
Apuntaremos aquà la certera observación de un elevado funcionario liberal, que ha intentado resumir sus noticias de las jornadas de febrero. “Se ha convertido en un tópico corriente decir que el movimiento se inició espontáneamente, que los soldados se echaron ellos mismos a la calle. No puedo estar conforme con esto de ningún modo. Al fin y al cabo, ¿qué significa la palabra “espontáneamente”?… Aún es más impropio hablar de generación espontánea en sociologÃa que en los dominios de las ciencias naturales. El hecho de que ninguno de los jefes revolucionarios conocidos pudiera tremolar su bandera no significa que ésta fuera impersonal, sino anónima.” Este modo de plantear la cuestión, incomparablemente más serio que las alusiones de Miliukov a los agentes alemanes y a la espontaneidad rusa, pertenece a un ex-fiscal, que en el momento de la revolución desempeña el cargo de senador zarista. Puede que fuera precisamente su experiencia judicial lo que permitió a Zavadski comprender que el levantamiento revolucionario no podÃa surgir obedeciendo a las órdenes de unos agentes extranjeros ni en forma de proceso impersonal, obra de la naturaleza.
Este mismo autor cita dos episodios que le permitieron observar, como a través del ojo de una cerradura, el laboratorio en que se operaba el proceso revolucionario. El viernes, 24 de febrero, cuando en las alturas nadie esperaba la revolución para los dÃas que se avecinaba, el tranvÃa en que iba el senador, de un modo completamente inesperado, dio media vuelta desde la Liteina a una calle de la esquina y se paró de un modo tan rápido, que se estremecieron los cristales e incluso uno de ellos se rompió. El cobrador indicó a los pasajeros que salieran: “El tranvÃa no puede pasar de aquÃ.” Los pasajeros protestaron, gritaron, pero salieron. “No he podido olvidar el rostro del silencioso cobrador: una expresión decidida y rencorosa, que tenÃa algo de lobo”, debÃa poseer una elevada conciencia del deber para detener en plena guerra y en una calle del Petersburgo imperial un tranvÃa lleno de funcionarios. Otros obreros como éste fueron también los que detuvieron el vagón de la monarquÃa, empleando aproximadamente las mismas palabras: “El tren no pasa de aquÔ, e hicieron salir del vagón a la burocracia, sin distinguir, por la urgencia del momento, a los generales de la gendarmerÃa de los senadores liberales. El conductor de Liteina era un factor consciente de la historia, a quien alguien tenÃa que haber educado.
Durante el incendio de la Audiencia, un jurisconsulto liberal,perteneciente a la misma esfera de este senador que relata el episodio, empezó a expresar en la calle su pesar por el hecho de que fueran destruidos el laboratorio de peritaje judicial y el archivo notarial. Un hombre de edad madura y expresión sombrÃa, de aspecto como de obrero, le contestó, irritado: “¡Ya sabremos repartirnos las casas y la tierra sin necesidad de tu archivo!” Es posible que este episodio esté un poco adornado literalmente. Pero entre la multitud habÃa no pocos obreros de ésos, de edad madura, capaces de contestar al jurista como era debido. Aunque no estuviesen complicados personalmente en el incendio de la Audiencia, no podÃa asustarles aquel género de “excesos”. Estos obreros suministraban a las masas las ideas necesarias, no sólo contra los gendarmes zaristas, sino también contra los jurisconsultos liberales, que lo que más temÃan era que las actas notariales de propiedad fueran devoradas por el fuego de la revolución. Estos polÃticos anónimos, salidos de las fábricas y de la calle, no habÃan caÃdo del cielo; alguien habÃa tenido que educarlos.
La Ocrana, al registrar los acontecimientos en los últimos dÃas de febrero, consignaba asimismo que el movimiento era “espontáneo”, es decir, que no estaba dirigido sistemáticamente desde arriba. Pero añadÃa: “Sin embargo, los efectos de la propaganda se dejan sentir mucho entre el proletariado.” Este juicio da en el blanco; los profesionales de la lucha contra la revolución,,, antes de ocupar los calabozos que dejaban libres los revolucionarios, comprendieron mejor que los jefes del liberalismo el carácter del proceso que se estaba operando.
La leyenda de la espontaneidad no explica nada. Para apreciar debidamente la situación y decidir el momento oportuno para emprender el ataque contra el enemigo, era necesario que las masas, su sector dirigente, tuvieran sus postulados ante los acontecimientos históricos y su criterio para la valoración de los mismos. En otros términos, era necesario contar, no con una masa como otra cualquiera, sino con la masa de los obreros petersburgueses y de los obreros rusos en general, que habÃan pasado por la experiencia de la revolución de 1905, por la insurrección de Moscú del mes de diciembre del mismo año, que se estrelló contra el regimiento de Semenov, y era necesario que en el seno de esa masa hubiera obreros que hubiesen reflexionado sobre la experiencia de 1905, que supieran adoptar una actitud crÃtica ante las ilusiones constitucionales de los liberales y de los mencheviques, que se asimilaran la perspectiva de la revolución, que hubieran meditado docenas de veces acerca de la cuestión del ejército, que observaran celosamente los cambios que se efectuaban en el mismo, que fueran capaces de sacar consecuencias revolucionarias de sus observaciones y de comunicarlas a los demás. Era necesario, en fin, que hubiera en la guarnición misma soldados avanzados ganados para la causa, o, al menos, interesados por la propaganda revolucionaria y trabajados por ella.
En cada fábrica, en cada taller, en cada compañÃa, en cada café, en el hospital militar, en el punto de etapa, incluso en la aldea desierta, el pensamiento revolucionario realizaba una labor callada y molecular. Por dondequiera surgÃan intérpretes de los acontecimientos, obreros precisamente, a los cuales podÃa preguntarse la verdad de lo sucedido y de quienes podÃan esperarse las consignas necesarias. Estos caudillos se hallaban muchas veces entregados a sus propias fuerzas, se orientaban mediante las generalizaciones revolucionarias que llegaban fragmentariamente hasta ellos por distintos conductos, sabÃan leer entre lÃneas en los periódicos liberales aquello que les hacÃa falta. Su instinto de clase se hallaba agudizado por el criterio polÃtico, y aunque no desarrollaran consecuentemente todas sus ideas, su pensamiento trabajaba invariablemente en una misma dirección. Estos elementos de experiencia, de crÃtica, de iniciativa, de abnegación, iban impregnando a las masas y constituÃan la mecánica interna, inaccesible a la mirada superficial, y sin embargo decisiva, del movimiento revolucionario como proceso consciente.
Todo lo que sucede en el seno de las masas se les antoja, por lo general, a los polÃticos fanfarrones del liberalismo y del socialismo domesticado como un proceso instintivo, algo asà como si se tratara de un hormiguero o de una colmena. En realidad, el pensamiento que agitaba a la masa obrera era incomparablemente más audaz, penetrante y consciente que las indigentes ideas de que se nutrÃan las clases cultas. Es más, aquel pensamiento era más cientÃfico, no solamente porque en buena parte habÃa sido engendrado por los métodos del marxismo, sino, ante todo, porque se nutrÃa constantemente de la experiencia viva de las masas, que pronto habÃan de lanzarse a la palestra revolucionaria. El carácter cientÃfico del pensamiento consiste en su armonÃa con el proceso objetivo y en su capacidad para influir en él y dirigirlo. ¿PoseÃan acaso esta cualidad, aunque fuera en la más mÃnima proporción, los cÃrculos gobernantes que se hallaban inspirados por el Apocalipsis y creÃan en los sueños de Rasputin? ¿Acaso tenÃan algún fundamento cientÃfico las ideas del liberalismo, confiado en que, participando en la contienda de los gigantes capitalistas, la atrasada Rusia podrÃa obtener a un tiempo mismo la victoria sobre Alemania y el parlamentarismo? ¿O acaso era cientÃfica la vida ideológica de los cÃrculos intelectuales, que tan servilmente se plegaban a un liberalismo ingénitamente caduco, preservando al mismo tiempo su pretendida independencia con discurso retirados de la circulación desde hacÃa mucho tiempo? En realidad, todas estas clases vivÃan en el reino de la inmovilidad espiritual, de los fantasmas, las supersticiones y las ficciones, o, si se quiere, en el reino de la “espontaneidad”. Y si es asÃ, ¿no tenemos derecho a rechazar de plano toda la filosofÃa liberal de la revolución de Febrero? SÃ, tenemos derecho a hacerlo y a decir: Mientras la sociedad oficial, toda esa superestructura de las clases dirigentes, de los sectores, grupos, partidos y camarillas, vivÃa en la inercia y el automatismo, nutriéndose de las reminiscencias de las ideas caducas y permanecÃa sorda a las exigencias inexorables del progreso, dejándose seducir por fantasmas y no previendo nada, en las masas obreras se estaba operando un proceso autónomo y profundo, caracterizado no sólo por el incremento del odio hacia los dirigentes, sino por la apreciación crÃtica de su impotencia y la acumulación de experiencia y de conciencia creadora, proceso que tuvo su remate y apogeo en la insurrección revolucionaria y en su triunfo.
A la pregunta formulada más arriba: ¿Quién dirigió la insurrección de Febrero?, podemos, pues, contestar de un modo harto claro y definido: los obreros conscientes, templados y educados principalmente por el partido de Lenin. Y dicho esto, no tenemos más remedio que añadir: este caudillaje, que bastó para asegurar el triunfo de la insurrección, no bastó, en cambio, para poner inmediatamente la dirección del movimiento revolucionario en manos de la vanguardia proletaria.










